lunes, 29 de septiembre de 2025

Elogio de la tauromaquia en México


Cuerpo, Muerte, Arte y Resistencia Espiritual en El Ruedo 

 

Para Jorge Alberto Manrique 

 

Arte al filo de lo imposible 

La tauromaquia en México persiste como un resplandor iridiscente sobre la superficie de la cultura, un fenómeno en permanente tensión, un arte ritual que articula en la arena la materia luminosa y oscura del alma humana. Aquí no basta decir que es “tradición”, ni despacharla como cruel anacronismo: la corrida de toros es teatro y abismo, belleza y herida, danza de Eros y Thanatos, disciplina de cuerpo y duelo, espejo lírico de una sociedad que dialoga con la muerte y sublima la violencia a través del rito. Explorar la tauromaquia es zambullirse en la genealogía más profunda de nuestra memoria colectiva, en los pliegues de una estética que nunca deja indiferente, que incomoda, seduce, polariza y exalta. 

Escribir un elogio de la tauromaquia desde México es adentrarse en una ceremonia de la complejidad. Así lo dice Gregorio Corrochano: “Donde está el toro, está la corrida. El que solo mira al torero, ve la mitad. Hay que mirar al toro y al torero, pero primero al toro”. En este vaivén entre bestia y hombre, afloran significados múltiples: sacrificio, dominio, arte, transgresión, comunión, resistencia, poesía, sombra y mito..lo sagrado. A lo largo de este ensayo, se traza primero la genealogía histórica singular de la tauromaquia en México, se explora su evolución estética, se exalta su dimensión simbólica y poética, y se dibujan las líneas de su crítica contemporánea no desde la simplificación, sino entendiendo el toreo mexicano como un terreno fecundo de tensiones simbólicas, éticas y estéticas, donde cuerpo y muerte se abrazan y la vida desafía al destino. La fiesta brava, como la poesía, responde a una lógica de la intensidad, lo absoluto, la presencia: en el ruedo y en el verso, la vida se mide con la muerte y se apuesta, sin mediación, todo a una pasión ineludible. 

 

Origen colonial y transformación virreinal: del mito al rito 

La tauromaquia llega a México con la Conquista, pero su historia, como señala la crítica, ya venía marcada por siglos de simbolismo. Desde las civilizaciones mediterráneas, el toreo es rito fundacional: la taurocatapsia cretense, representada en los frescos del palacio de Cnosos en 1500 a.C., revela la relación ancestral entre el ser humano y el toro, no como depredador, sino como adversario y aliado sagrado. Sin embargo, será la conquista española la que injertará el germen de la lidia en suelo mexicano, adaptando el rito a las realidades y cosmovisiones novohispanas. 

La primera corrida documentada en la Nueva España data de 1529 en el entonces Zócalo capitalino, para honrar a San Hipólito y celebrar la caída de Tenochtitlan. Hernán Cortés, además de buscar oro y gloria, trajo consigo reses para la lidia y, según crónicas, uno de sus primeros repartimientos en el valle de México fue precisamente la reproducción del ganado de lidia, lo cual evidencia la intención de instaurar símbolos de poder y ritual civilizatorio. Las fiestas mayores, los nombramientos de virreyes, las victorias bélicas y los pulsos sociales iban acompañados de corridas: la Plaza Mayor, la Plazuela del Marqués, y posteriormente el corral de toros cercano al actual Monte de Piedad, se convertían en escenarios tanto de representación política como de comunión popular. 

No era un espectáculo segregado: desde el siglo XVI, la lógica de la corrida integraba a la nobleza y, poco a poco, al mestizaje y la plebe. El carácter democrático de la tauromaquia en la Nueva España se fue consolidando con la proliferación de cuadrillas y la aparición de los primeros indígenas y criollos aficionados. 

Para dar un rostro concreto, la fundación de la primera ganadería formal de toros bravos, la hacienda de Atenco, se sitúa en 1522, en el valle de Toluca, por obra de Juan Gutiérrez Altamirano, pariente de Cortés. Esto establece un vínculo germinal entre la tauromaquia y las estructuras de poder, tierra y economía que moldearían el México colonial. Las festividades taurinas se institucionalizan como parte del calendario cívico y religioso: cada 13 de agosto, en honor de San Hipólito y la toma de la ciudad, se derramaba sangre de toros, mientras el pueblo asistía a una coreografía apasionada donde vida y muerte eran expuestas en la plaza pública. 

 

Evolución republicana, modernidad y mexicanidad 

Avanzando en las centurias, la tauromaquia mexicana sufre las modificaciones de la historia y de la resistencia estética. En el siglo XVIII se introducen cambios sustantivos: la técnica se refina, surgen los matadores de a pie y las suertes se codifican, permitiendo una evolución progresiva hacia lo que José Alameda llamará el “drama barroco” mexicano: un espectáculo donde convergen la gravedad europea del rito y la vitalidad expresiva del mestizaje americano. 

En el siglo XIX, la fiesta brava se adentra en la vida política nacional. Figuras como Miguel Hidalgo —ganadero y criador de toros de lidia— y Porfirio Díaz —taurófilo confeso— consolidan la tauromaquia en el imaginario nacional. Es en este periodo cuando la corrida se vuelve, más allá de su origen español, un emblema de la cultura urbana y rural, presente en las ferias, las festividades y la prensa. La afición y el conocimiento sobre toros se convierten en señales de identidad mexicana, ligada no solo a la “herencia” sino a la invención moderna de la nacionalidad. 

La apertura de la Monumental Plaza de Toros México en 1946 confirma la magnitud y el carácter popular del toreo en el país, con capacidad para más de 40 mil espectadores, símbolo arquitectónico y emocional de una época dorada donde las tardes dominicales eran sinónimo de ritual y celebración, casi de liturgia nacional. En la segunda mitad del siglo XX, la tauromaquia mexicana sigu inspirando artistas, escritores y cineastas, inscribiendo al toro en las narrativas fundamentales de la modernidad. 

Pero no hay linealidad: junto con los momentos de esplendor, se dan los ciclos de prohibición y resistencia. En el porfiriato, y más tarde durante el gobierno de Carranza, se legislan restricciones e incluso cancelaciones totales de corridas, evidenciando la tensión constante entre tradición, poder y modernidad. 

 

Figuras emblemáticas: los héroes del ruedo y el imaginario popular 

La historia de la tauromaquia mexicana no se entiende sin sus héroes trágicos y épicos, presentes como arquetipos poéticos y, al tiempo, maestros de la técnica y el arte. Bernardo Gaviño, Ponciano Díaz, Rodolfo Gaona, Silverio Pérez, Manolo Martínez, Carlos Arruza, Eloy Cavazos, y más recientemente José Tomás o Isaac Fonseca, han representado en el ruedo y en la imaginación social la posibilidad del gesto sublime, del temple y de la muerte bella. Cada uno encarna un matiz del arte mexicano: la lentitud casi mística de Silverio, la invención plástica de Gaona, la bravura desbordada de Arruza —el Ciclón—, o la elegancia “demoníaca” de Martínez. Muchos han tenido el dudoso honor de una muerte en la plaza, consagrándose, como diría Pedro Garfias, a la mítica “ronda de los toreros muertos”. 

Este linaje de héroes no solo alimenta la memoria taurina: es parte de un tejido literario y visual que nutre la cultura urbana y rural, la letra y la música populares, configurando un mosaico de identidades, anécdotas y epopeyas que aún persisten en la sensibilidad que llamamos “nacional. 

 

El círculo y la plaza: simbolismo y arquitectura del encuentro 

Un elemento fundamental de la genealogía taurina es el espacio: la plaza de toros, circular, cerrada, concebida como microcosmos y templo. El círculo del ruedo es símbolo de perfección, eternidad y, a la vez, de inmanencia y clausura: la vida y la muerte no tienen aquí escape posible, más que asumirse y sublimarse en el instante. El ruedo es escenario donde los protagonistas, despojados de toda protección artificial, se entregan a una danza sagrada, coreografiada y espontánea a la vez. El sol, la divisa, la liturgia de entrada y salida, la música y la arquitectura, todo se articula para crear un espacio donde lo terrestre se eleva y la temporalidad se suspende. 

 

El ritual taurino: liturgia de la incertidumbre 

“La corrida no es un espectáculo, sino un rito que fusiona lo sagrado y lo profano, lo ancestral y lo contemporáneo”. La tauromaquia, en su núcleo irreductible, es un ritual que pone a prueba límites y exigencias: la muerte no es solo desenlace, sino condición de posibilidad de toda belleza y de todo significado. En el ruedo se materializa —frente a los ojos del pueblo— la vieja pregunta trágica: ¿cómo se sublima la violencia, ¿cómo se habita la finitud y se resignifica el horror a través del arte? 

Cada fase de la corrida, cada gesto, cada instrumento (el capote, la muleta, el estoque), cada sonido —el clarín, el grito del “¡ole!”—, tienen códigos y significados que se transmiten de generación en generación. Los tres tercios de la lidia (varas, banderillas, muleta) replican, en estructura circular y progresiva, el drama clásico: presentación, nudo y desenlace. El torero cita, templa, manda; el toro embiste, resiste, cae. La plaza acoge la liturgia colectiva, la expectación tensa, el juicio instantáneo: “la corrida de toros no demanda solo un público pasivo, sino un pueblo que exige, que implica, sanciona, reconoce o repudia”. 

En palabras de François Zumbiehl: “La corrida procede del mismo rito catártico que aquel de la tragedia griega [...] merece ser defendida como una de las ceremonias más auténticas de nuestra cultura milenaria”. 

 

El arte en movimiento: corporeidad, temple y metamorfosis 

Hay en la lidia un vaivén rítmico y estético que no puede reducirse a la técnica ni a la violencia. “Toro y torero compenetrados en un vaivén de movimientos con un ritmo específico al que ambos han tenido que irse acoplando [...] es entonces cuando se puede hablar del arte de la tauromaquia, arte en movimiento”. 

El universo taurino es también un universo de formas, color, intensidad y plasticidad. El pase, la verónica, la chicuelina, la gaonera, la arrucina, son no solo suertes codificadas, sino invenciones poéticas que transfiguran la fuerza bruta en movimiento inteligente y bello, del toro y el humano. Menéndez Pelayo decía que la tauromaquia es una “fiera pantomima de feroz y trágica belleza”, y otros insisten en el carácter “escénico”, “dancístico”, casi de ballet. 

Decía Gerardo Diego: “El toreo, por su inscripción en un círculo, por el pulso y la gracia biológica de su ritmo y por el sentido estrófico de sus series de lances [...] es poesía constante; y la perfecta lidia, constante lección de poética”. El destino del torero es uno donde la estética no es adorno, sino ley: quien no logra la armonía es condenado al desprecio, la cornada, la muerte o el olvido. 

 

Danza entre eros y thanatos: la poética de la muerte y el deseo en la suerte de la espada 

La tauromaquia, desde su nacimiento, es diálogo y tensión entre Eros y Thanatos, vida y destrucción, impulso creador e impulso de disolución. Aquí resuena el eco de Freud, pero también la tradición poética que asume la fugacidad de la existencia y la sublimación del deseo en la proximidad de la muerte. Diótima, en el Banquete platónico, describe a Eros como demonio perpetuamente insatisfecho, fuerza inquieta; los poetas latinos como Horacio y Virgilio ligan el amor al tiempo destructor; los modernos, como Lorca o Aleixandre, ven en la corrida una conjunción entre la belleza (el amor) y la “muerte rodeada de belleza”. 

García Lorca, en su célebre entrevista de 1935, afirma: “Creo que los toros es la fiesta más culta que hoy hay en el mundo [...] con el toreo el español expresaba sus sentimientos y se acudía a él con la certeza de ver la muerte rodeada de belleza”. Vicente Aleixandre, en su poema “La cogida”, transforma la estocada en beso mortal. Michel Leiris asocia la estocada a una penetración erótica; Georges Bataille ve en el sacrificio taurino una irrupción de lo sagrado erótico que une sexo y muerte, creación y destrucción, en una sola llamarada de intensidad. 

En México, poetas y cronistas han sabido escribir esta dualidad: “el ruedo es el lugar donde la vida y la muerte bailan un tango; el matador es el poeta que escribe sus versos con la muleta y la espada”. La faena, si es perfecta, anula la diferencia entre arte y vida, entre ritual y existencia: vivir es amar, y “torear”, huir o enfrentar la muerte con deseo y lucidez. 

 

Tauromaquia mexicana: arte, resistencia y figuras de identidad 

El itinerario de la tauromaquia mexicana está poblado de estallidos artísticos. Pocos fenómenos culturales inspiran una proliferación tan abundante de literatura, pintura, escultura, cine, crónica y música. El catálogo enumerado por Carlos Fuentes: “Amado Nervo, Martín Luis Guzmán, Xavier Villaurrutia, Carlos Pellicer, Juan José Arreola, Alí Chumacero...” revela el alcance transversal del toreo sobre la sensibilidad nacional. Villaurrutia, en clave solar y mística, describe la “tauromagia”, identificando el sol y el toro como doble deidad: “el toro es la víctima, pero el toro es también el sol”. 

Las representaciones visuales son igualmente fecundas: artistas como Raúl Anguiano, José Luis Cuevas, Salvador Dalí, Pablo Picasso y Humberto Peraza, entre otros, han ensayado la iconografía del toro desde el realismo martirial hasta la abstracción metafísica. La escultura taurina puebla plazas y parques, visibilizando el lugar del toro como arquetipo de fuerza y misterio. 

El cine también ha sido sensible a la estética y el drama taurinos: películas como “Sangre y arena”, “Sangre torera”, “Torero” (el docudrama de Carlos Velo sobre Luis Procuna), y la mítica escena de “Los olvidados” de Buñuel, insertan el toreo en la narrativa mexicana moderna, a menudo con tintes de crónica social, destino trágico, redención o crítica. 

 

La resistencia al bostezo de un arte en peligro: actualidad, prohibiciones y debates 

Frente al presente inmediato, la tauromaquia mexicana habita la zona crepuscular de las tradiciones confrontadas por nuevos paradigmas éticos y culturales. La segunda década del siglo XXI ha presenciado una ola de prohibiciones, suspensiones judiciales y debates encarnizados sobre el futuro de la fiesta brava. En 2024, la Suprema Corte de Justicia ratificó la suspensión de corridas en la Plaza México, mientras cinco estados prohíben ya la práctica. Encuestas recogen que más del 70% de la población apoya su abolición. El combate se da tanto en la legislación como en la esfera simbólica: activistas, artistas, políticos, académicos y empresarios se enfrentan por el sentido último de la tauromaquia: ¿cultura viva o vestigio de barbarie? ¿Patrimonio inalterable o lastre que debe ser trascendido? 

Sin embargo, la tauromaquia resiste. Defensores argumentan que la abolición significaría la extinción del toro bravo y el empobrecimiento de ecosistemas asociados; insisten en el valor económico, social y artístico de la industria taurina, que genera miles de empleos directos e indirectos, que forma parte de ferias y dinámicas locales, y que promueve incluso —en los últimos años— regulaciones orientadas al bienestar animal, matizando la violencia sin perder la esencia ritual del combate. 

Curiosamente, ante la crítica global, la Ciudad de México y otras entidades experimentan ahora modelos de “tauromaquia sin violencia”: espectáculos donde se elimina la muerte del toro y se privilegia la estética sin sangre y la posiblidad de la muerte del ser humano, intentando salvar el arte y la tradición sin sacrificar los nuevos valores éticos. Esta transformación, aunque cuestionada por puristas y minimalistas, revela la capacidad de la tauromaquia para adaptarse y re-narrarse, manteniendo —tal vez— la tensión simbólica que le da sentido y vigencia. 

 

Reflexiones filosóficas: ética, estética y libertad 

Varios filósofos contemporáneos han ensayado defensas y críticas de la tauromaquia mexicanizada. Ortega y Gasset afirmaba: “La historia del toreo está ligada a la de España, tanto que, sin conocer la primera, resultará imposible comprender la segunda”, frase extensible, de algún modo, a la historia cultural mexicana. Fernando Savater habla de la corrida como “expresión simbólica de nuestra conciencia de vivir siempre tanto mejor cuanto más de cerca burlamos la muerte”, y en “Tauroética” compara la vida del toro de lidia con la crueldad industrial de los rastros y la invisibilización moderna de la muerte. 

Francis Wolff señala que la corrida es “un combate desigual pero leal: las armas de la inteligencia y de la astucia contra las del instinto y la fuerza. La corrida es, pues, lo contrario a la barbarie porque se sitúa a equidistancia de dos barbaries opuestas”. 

Julián Pitt-Rivers estudia la tauromaquia como fenómeno antropológico y ritual comunitario: “la corrida induce una idea de resurrección [...], la conciencia que el torero y el aficionado comparten se centra sobre la evidencia de su fragilidad y su efímera condición”. 

Rubén Baco, filósofo contemporáneo, sostiene: “La tauromaquia es el ejercicio de libertad más grande que conozco porque los profesionales o los aficionados, personas anónimas, en cualquier pueblo, en un encierro o una capea, saben que pueden perder su vida. No he encontrado ninguna profesionalización más libre que la tauromaquia: yo libremente quiero jugar al toro, yo quiero estar ahí. Y eso, hoy, en una sociedad cohibida, donde parece que estamos obligados a obedecer, es un ejemplo de resistencia y humanidad”. 

Al analizar la ética de la tauromaquia, la discusión se complejiza: mientras algunos filósofos insisten en el carácter ritual y “necesario” (en el sentido existencial, no utilitarista) de la muerte del toro —como cumplimiento de una promesa simbólica de inmolación donde el hombre arriesga también su vida—, otras posturas (con base en la “ética animalista” o el principio de compasión) reclaman su erradicación como acto intolerable en el contexto actual. 

Existe el argumento de que en la lidia ambos participantes —hombre y bestia— se presentan en igualdad de riesgos (pese a la evidente asimetría), y que la muerte es, no un sadismo, sino el “momento de verdad” donde el sacrificio expresa la gravedad de vivir y la gravedad de morir con dignidad sadeana. La ética taurina insiste en la necesidad de un reglamento estricto, la condena a todo ejercicio fraudulento o cruel, y la defensa de una estética y una técnica que hacen del toreo no un espectáculo de tortura, sino una experiencia transformadora de la violencia en significado y de la muerte en belleza. 

 

La muerte en público, el tabú y la liturgia 

Quizá el rasgo que más incomoda y, a la vez, que más fascina de la fiesta brava es la exposición pública de la muerte. Walter Benjamin advertía que la sociedad moderna se horroriza ante la muerte, la esconde, la destierra al hospital, al matadero, a los sótanos. La tauromaquia la regresa al centro, la pone en la arena, no como celebración del sadismo, sino como ejercicio de lucidez sadeana: aquí la muerte se presencia sin mediación, se acompaña, se ritualiza. “La tauromaquia, por el contrario, presenta la muerte con toda su crudeza —y ese es uno de los motivos por los que tenemos que conservarla”. 

Quienes reclaman barbarie confunden la inmediatez brutal de la muerte en el ruedo con la crueldad gratuita. La tortura industrial de los mataderos, la violencia oculta en muchas industrias, la anomia de la muerte despojada de sentido, quedan en la penumbra, mientras el sacrificio del ruedo, visible y ritualizado, lleva consigo la función expiatoria, catártica, comprensible como ritual fúnebre que —al igual que en las vanitas del barroco— recuerda la fragilidad y la gracia de la vida humana. 

El sacrificio del toro es revelado como un momento de eucaristía simbólica: es nombrado, celebrado, llorado, premiado o censurado. El público no aplaude el dolor, sino la bravura y la verdad. El indulto, el arrastre lento, la vuelta al ruedo son elementos que subrayan la dignidad del proceso y la centralidad del animal en el rito. 

 

El símbolo y el enigma: cuerpo, resistencia y comunidad 

En la tauromaquia mexicana, el toro es más que un animal: es fuerza, misterio, resistencia, vínculo con la tierra y, para muchos, analogía del pueblo mismo: digno, inquieto, valiente, resistente. El torero es el artista que, con su cuerpo expuesto a la catástrofe, crea belleza en la inminencia de la tragedia. El encuentro entre ambos no es ni sadismo ni masoquismo: es dialéctica, creación tensa, lucha entre instinto e inteligencia, naturaleza y cultura, cuerpo y espíritu. 

El ruedo, como círculo arquetípico, simboliza la perfección, la eternidad, el ciclo cósmico donde todo retorna. Es espacio sacralizado: “La Plaza es un cosmos y una creación. Las esferas son concéntricas y es como si todo retornara siempre a lo mismo sin ser lo mismo. En la Plaza cuando todo se ha acabado es realmente cuando todo ha comenzado”. 

El sacrificio, acto fundante de toda cultura, encuentra aquí su expresión ritual: la comunidad asiste a una “puesta en escena” donde lo individual se disuelve en lo colectivo, donde la identidad se reconfigura y la violencia se transmuta en leyenda, arte, memoria. 

 

La crítica contemporánea: ética y futuro de la tauromaquia 

Aquí los argumentos en pugna son: tradición, economía y bienestar animal. 

La polémica actual no es superficial; enfrenta dos sistemas de valores: la defensa del patrimonio cultural, la libertad estética y la economía local, versus el imperativo ético del respeto a la vida animal y la reinvención de los rituales públicos. 

A favor, se esgrimen argumentos de conservación genética, defensa del ecosistema de dehesas, impacto económico y social (miles de empleos, turismo, ferias), y el carácter integrador de la tauromaquia en la identidad nacional. Para muchos, abolir el toreo sería privar a México no solo de una tradición, sino de un espacio de creación y catarsis fundamental. 

Los críticos contraponen el sufrimiento animal a la tradición: la lidia, con sus fases de daño físico deliberado, es descrita como incompatible con los valores modernos de compasión y justicia. La comparación con rituales abolidos (gladiadores, peleas a muerte, sacrificios animales públicos) alimenta el argumento de que la evolución moral demanda el fin de la “crueldad institucionalizada”. Al mismo tiempo, se destaca que la ética vigente debe buscar nuevas formas de ritualidad y belleza desligadas de la necesidad de sangre y sacrificio. 

En este contexto global y local, surgen ensayos de reforma: “tauromaquia sin violencia”, esquemas en los que no se da muerte al toro en la plaza y la faena es evaluada por su riesgo, plasticidad y destreza, no por su desenlace fatal. Estas transformaciones buscan salvar el arte, democratizar el goce y respetar el devenir de los valores compartidos. La tensión no es solo entre abolición y preservación, sino entre la memoria y la reinvención. 

Como escribió José Bergamín: “El toreo es un puro juego inteligible, en el que peligra la vida del jugador [...] un juego de heroísmo o un heroísmo de juego [...] No busca utilidad, sino autenticidad”. Tal vez la clave de la pertinencia futura de la tauromaquia mexicana sea su capacidad para repensar su función social, posicionarse como arte y, a la vez, abrirse a las exigencias de sus contemporáneos. 

 

La Tauromaquia y la experiencia de lo absoluto 

La tauromaquia mexicana, atravesada por siglos de historia, significados y tensiones, habita entre el arte y el tabú, la estética y la ética, el rito y la resistencia. Es un espacio donde el cuerpo y la muerte, la crueldad y la belleza, el arte y la política, el pasado y el futuro, entran en colisión para generar una experiencia totalizadora, momentánea, irrepetible. Más que “espectáculo”, es enfrentamiento con el enigma de vivir: “una puesta en escena de la violencia bajo la forma del arte, para comprender lo que somos y lo que tememos”. 

Hay —como recordaba Gerardo Diego— una lección de poética en la lidia. Y en el ruedo resplandece, por un instante, la verdad esencial de la condición humana: la pasión absoluta por la vida, la dignidad ante la muerte, el juego peligroso con el infinito. “El toreo es poesía constante... y la perfecta lidia, constante lección de poética”. 

A quienes preguntan por qué la tauromaquia provoca tanto amor y tanto odio, tantas palabras y tantas luchas, la mejor respuesta es la de Federico García Lorca: “Los toros son la fiesta más culta que hay hoy en el mundo”. En una época amenazada de uniformidad y desaparición del asombro, tal vez el verdadero elogio sea, no el de justificar el arte a cualquier precio, sino el de asumir el enigma de un fenómeno que dialoga con la sombra y la luz, el cuerpo y la trascendencia, la belleza y el riesgo. 

La corrida, como la gran poesía, se arriesga a lo imposible, se expone al fracaso, pero también a la gloria. La tauromaquia mexicana es, así, un campo de tensión irrenunciable, una herida abierta al tiempo y al deseo, una resistencia ante la muerte y una invitación a habitar la vida con pasión indómita. 

Citas destacadas a modo de epílogo: 

“El toreo consiste en tres conceptos: citar, templar y mandar. Y esto ha de acometerse [...] con exposición constante de la vida” (Amós Salvador). 

“Qué es lo que representa el toro en la conciencia de los hombres? La energía primitiva y salvaje... Pero el hombre debe disciplinar y conducir la fuerza con la inteligencia... La corrida es el símbolo pintoresco y agonístico de la superioridad del espíritu sobre la materia” (Federico García Lorca). 

“La tauromaquia es el ejercicio de libertad más grande que conozco...” (Rubén Baco). 

Total. Eel ruedo, la muerte no baila: se exhibe. El matador no escribe versos, repite gestos. La espada no es pluma, es herida. El toro, cuerpo silenciado, embiste como poema que nadie quiere leer.” 

Que la tauromaquia, ahora y siempre, siga siendo ese lugar de encuentro entre la plenitud y el abismo, y que el arte —como el rito— nos recuerde la hermosa costumbre de apostar por la vida, aun sabiendo que, al final, la última palabra la dice la muerte. 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario