El Gemido de la Nación
Se necesita valor, dice un sabio político, para negar a un pueblo entero; pero es necesario a veces contrariar su voluntad para servirlo mejor.
FRAY SERVANDO TERESA DE MIER
Hoy día negar a un pueblo es inflarlo de cifras falsas y anestesiar su dolor nada más con la palabra “bienestar”.
En la gramática del dolor, el gemido ocupa un lugar fronterizo. No posee la articulación racional del discurso, pero tampoco la dispersión explosiva del grito. Es una exhalación que arrastra consigo el peso del ser. Cuando San Juan de la Cruz, en su Cántico Espiritual, lanza la pregunta punzante: “¿Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido?”, no está simplemente quejándose de una ausencia; está nombrando una condición ontológica. El gemido es lo que queda cuando la Presencia —ya sea la divinidad, la justicia o el sentido del Estado— se retira, dejando tras de sí una oquedad que todavía tiene la forma de lo perdido.
Esta ausencia no es la nada, sino lo que Meister Eckhart llamaría un "desierto de la divinidad": un espacio donde las mediaciones han colapsado. México habita hoy ese gemido. No es el ruido ensordecedor de la propaganda ni el estruendo de la violencia; es el sonido de fondo de una nación que ha visto cómo el "Amado" (el orden social, la seguridad jurídica, la verdad histórica) se ha escondido en las grietas de una retórica vacía. El gemido es la vibración residual de un pacto roto: el pacto entre ciudadanos y Estado, entre memoria y justicia, entre comunidad y verdad.
Este escrito se propone explorar la crisis de sentido y política en el México contemporáneo a través de la categoría del gemido, entendiéndolo como el punto de partida para una mística de la resistencia y una reconstrucción de lo común. El gemido no es derrota, sino señal de que todavía hay sensibilidad, todavía hay alma. Allí donde el poder busca anestesia, el gemido es la prueba de que la herida sigue abierta y que la nación no ha sido completamente devorada por el silencio. En términos de Eckhart, el gemido es el eco del "fondo del alma" (Seelengrund) que se resiste a ser colonizado por las imágenes externas del poder.
Para San Juan de la Cruz, la Noche Oscura es un proceso de desposesión. El alma debe ser despojada de sus certezas sensibles y racionales para poder encontrarse con la Verdad en un plano superior. Sin embargo, en la esfera política, México vive una noche oscura que no parece conducir a la luz, sino a la institucionalización de la ceguera. La crisis política mexicana es, fundamentalmente, una crisis de presencia. El Estado, en su acepción más noble como garante de la vida y la concordia, se ha vuelto un "Amado" que huye. El ciudadano se queda "con su gemido" ante instituciones que son cascarones de poder populista, pero no fuentes de protección.
El gemido de San Juan se traduce en la angustia de quien busca justicia y encuentra un expediente olvidado; de quien busca la verdad de un hijo desaparecido y encuentra una fosa clandestina custodiada por el silencio. Aquí, la mística eckhartiana nos advierte sobre la idolatría: el poder se ha convertido en un "dios criatura", una entidad con nombre y rostro que exige sacrificios. El poder contemporáneo en México ha aprendido a hablar el lenguaje de la empatía mientras ejecuta la política del abandono. Se multiplican las palabras de consuelo, pero se vacían las acciones de cuidado.
Al igual que en la mística, el gemido surge porque hubo una promesa previa. Gemimos porque recordamos, aunque sea como un sueño lejano, que la paz era posible. La crisis de sentido radica en la desconexión total entre lo que se dice desde el púlpito del poder y lo que se siente en la piel de la realidad. La noche oscura mexicana no es tránsito hacia la unión, sino hacia la desposesión permanente. El ciudadano se convierte en peregrino sin destino, condenado a habitar un presente sin horizonte. El gemido es la única brújula que nos queda.
Si San Juan de la Cruz nos ofrece la dimensión íntima del gemido, San Pablo en su epístola a los Romanos (8:22) nos entrega su dimensión colectiva: “Sabemos que la creación entera lanza un gemido universal y anda toda ella con dolores de parto hasta el momento presente”. Este "gemido de parto" es una clave política fundamental: el dolor no es estéril, es la tensión de lo que quiere nacer en medio de lo que muere. Esta es la esperanza del "nacimiento del Verbo en el alma" de la que hablaba Eckhart, pero trasladada al cuerpo social.
Sin embargo, el México contemporáneo parece atrapado en un gemido que no llega a ser parto, sino estertor. La noción de necropolítica, acuñada por Achille Mbembe, describe con precisión nuestra circunstancia. La soberanía ya no se ejerce decidiendo sobre la vida (biopolítica), sino administrando la muerte. En un país donde la cifra de homicidios y desapariciones se vuelve paisaje común, el gemido se vuelve el clima habitual. El gemido mexicano es el de una creación violentada en sus fibras más elementales: la tierra, el agua y el cuerpo.
La crisis política del México actual es también una crisis ecológica y existencial. Cuando la política se reduce a la gestión del resentimiento y a la distribución de culpas históricas, se ignora el gemido actual de los vivos. El poder prefiere dialogar con los muertos de hace cinco siglos que con los dolientes de hoy. La necropolítica mexicana es la fosa común, el conteo diario de cadáveres, la estadística que se repite hasta volverse el paisaje. La necropolítica mexicana convierte el gemido en ruido de fondo, en estadística, en cifra que se repite hasta perder su capacidad de conmover. Resistir es volver a escuchar ese gemido como singular, como irreductible, como voz que exige respuesta. Es el detachment (desasimiento) absoluto de las narrativas oficiales para escuchar la nuda vida.
Para entender la raíz de este gemido, debemos recurrir a la tradición filosófica nacional, específicamente al Grupo Hiperión. Emilio Uranga hablaba de la zozobra como el rasgo definitorio del ser del mexicano. La zozobra es ese estado de inestabilidad donde el suelo nunca es firme, donde lo accidental prima sobre lo sustancial. En la política contemporánea, esta zozobra ha sido elevada a estrategia de gobierno. Se gobierna desde la incertidumbre, desde el cambio constante de reglas, desde el ataque a la certidumbre técnica.
El gemido de México es el de un ser que se siente "accidental", prescindible ante los grandes proyectos ideológicos de la historia. Jorge Portilla advertía que el relajo era nuestra forma de suspender la seriedad frente a un mundo que nos sobrepasa. Pero hoy, el relajo ha sido capturado por el poder: se hace mofa de la tragedia, se ironiza con el dolor ajeno. La crisis de sentido ocurre cuando el gemido ya no encuentra respuesta ni siquiera en el humor, porque el humor ha sido cooptado por el verdugo. Cuando el bufón es el soberano, el gemido del pueblo se vuelve el único reducto de seriedad. La zozobra se convierte en política de Estado: gobernar desde la incertidumbre para mantener al ciudadano en perpetua fragilidad. Frente a esto, Eckhart propondría la "serenidad" (Gelassenheit): un dejar-ir la voluntad del soberano para recuperar la soberanía de lo interno.
¿Cómo evitar que el gemido degenere en una pasividad destructiva? Baruch Spinoza nos advierte sobre las pasiones tristes. El miedo y el odio, aunque nazcan del dolor, disminuyen nuestra capacidad de actuar. El régimen actual se alimenta de estas pasiones: gime contra el pasado para justificar las omisiones del presente, creando una cultura del resentimiento. Nietzsche, por su parte, señalaba que el resentimiento es la moral de los esclavos, de aquellos que no pueden crear y cuya única fuerza es la reacción.
El reto de México es transformar el gemido en conatus, en voluntad de vivir o de perseverar en el ser (según Baruch Spinoza). El gemido no debe ser una queja dirigida al poder para pedir permiso de existir; debe ser la toma de conciencia de nuestra propia fragilidad compartida. La verdadera política no nace de la fuerza bruta ni del carisma mesiánico, sino de la vulnerabilidad reconocida. Si gemimos "a una", como decía Pablo, es porque compartimos una herida. Esa herida es la que puede generar un nuevo tejido social. La resistencia no es gritar más fuerte que el soberano, sino escucharnos más profundamente entre nosotros. El gemido, transformado en potencia, es la semilla de una política distinta.
La atención, para Simone Weil, no es una técnica de concentración; es una ética perceptiva que desactiva el automatismo del yo. En términos políticos, es un acto de desarme interior frente a la maquinaria del prestigio, la fuerza y el poder —eso que Weil llama gravedad. Si la gravedad nos arrastra hacia la masa y el culto al líder, la atención introduce la pausa: convierte el ruido de la propaganda en un objeto a ser mirado con distancia, y al otro en un ser a ser recibido sin manipulación. En México, esa pausa es subversiva porque rompe el tempo del Estado-espectáculo y reinstala el tiempo de la comunidad.
La crisis de sentido en la política no se resuelve con más política, al menos no con la que conocemos. Para entender el pantano mexicano, la distinción de Simone Weil entre la gravedad y la gracia deja de ser un ejercicio teológico para convertirse en el corazón de una resistencia práctica. La gravedad es esa fuerza invisible que nos empuja a identificarnos con el “Gran Animal” platónico: la masa que devora singularidades, que gobierna por reacción y que confunde el volumen del grito con la razón. En cambio, la gracia es el gesto que suspende el impulso de pertenecer y dominar; es lo que nos permite volver a mirar el mundo como un don compartido y no como un botín de guerra.
El régimen actual opera bajo las leyes de la gravedad pura: saturación del discurso, exigencia de adhesión ciega, un clientelismo que no solo compra votos, sino afectos, y la humillación sistemática de quien se atreve a disentir. Ante este peso asfixiante, la resistencia no debe competir en intensidad, sino desactivar el juego. La gracia cívica no busca “ganar” el escenario televisivo ni dominar la tendencia en redes; busca desmontar el escenario mismo mediante el silencio operativo y la escucha del adversario, renunciando a la masa para volver a la trama pequeña, pero real, de los vínculos humanos. Esto resuena con el "vivir sin porqué" de Meister Eckhart: una acción que no busca el fruto del poder, sino la rectitud del acto mismo.
Weil nos enseñó que la atención no es abstención. Es, por el contrario, una forma de vigilancia ubicada precisamente donde el poder se vuelve truco: en la estadística amañada, el contrato opaco y el dispositivo mediático. Operar desde la atención significa obligar al discurso a regresar al dato. Es degradar el espectáculo de la "mañanera" a la frialdad de la contabilidad; transformar la indignación gaseosa en evidencia compartida mediante la lectura pública de presupuestos y el rastreo cronológico de las licitaciones.
Esta atención es también transversal y sanadora. Consiste en coser juntos mundos que el poder se empeña en desunir: sentar en la misma mesa a técnicos e indígenas, a madres buscadoras y jueces, para impedir que la polarización sustituya la realidad por caricaturas. Al crear "cuartos de atención" ciudadanos —archivos locales donde el barrio custodia sus propios contratos y mapas de obra—, el ciudadano deja de ser un espectador para convertirse en el custodio de su propia verdad histórica.
La "decreación" en Simone Weil es el acto de retirar la voluntad de dominio para dejar espacio a lo que es impersonal y justo: la ley, la medida, la forma. Es el equivalente cívico de la Abgeschiedenheit (desasimiento) de Eckhart: vaciarse de las imágenes de la idolatría estatal para dejar que la justicia —que es de orden divino/impersonal— actúe. Traducido a nuestra urgencia, es el desmonte del "yo" carismático. Resistir hoy implica despersonalizar la disputa. No necesitamos nombrar obsesivamente al líder, sino formular nuestros desacuerdos en términos de reglas y criterios verificables. Se trata de quitarle oxígeno al carisma para devolvérselo a las instituciones sin rostro.
Necesitamos instituciones que funcionen como máquinas de transparencia, blindadas por concursos públicos y sorteos que impidan la captura por afinidad. Menos gobierno y más administración pública. Decreación es desmontar el carisma del caudillo y devolver oxígeno a instituciones sin rostro. Gelassenheit es serenidad frente al ruido mediático. Esta decreación se extiende a las autonomías en cadena —comunales, feministas, locales— que gestionan agua, salud y justicia desde nodos pequeños. Solo así se desaprende la lealtad por dádiva y se sustituye el clientelismo por una reciprocidad verificable que no le debe nada al caudillo.
Al Gran Animal no se le derrota con más ruido, sino con forma. La forma —el ritmo, el procedimiento, la medida— es el escudo que protege nuestra atención de la dispersión mediática. Frente a la retórica infinita, debemos oponer la estética del límite: minutas de una sola página, cronologías compactas y rituales cívicos que den solemnidad al dato duro. Incluso nuestra comunicación debe cambiar: necesitamos un lenguaje anticarismático, tipografías sobrias y mensajes sin rostros protagonistas que favorezcan la lectura impersonal y serena. Es una política de baja temperatura que, al enfriar el fanatismo, permite que lo común vuelva a ser habitable.
Aplicar esta mística política significa defender lo autónomo no como una abstracción, sino como un ejercicio de auditoría abierta y litigio procedimental. Significa convertir el "gemido" de las víctimas de la inseguridad en un coro protegido por redes de comunicación segura y acompañamiento colectivo.
Al final, la suma de atención y decreación produce algo que el poder no puede digerir: una ciudadanía que ha dejado de ser masa para convertirse en conciencia. En este ejercicio de lectura lenta de la realidad, democratizamos la técnica sin fetichizarla y recuperamos la memoria no como un arma arrojadiza, sino como el cimiento de una casa donde todos, finalmente, podamos volver a escucharnos. La política de la atención y la decreación no prometen la epifanía inmediata, pero sí el reencuentro con lo real.
Frente a la gravedad —fuerza, prestigio, poder— la gracia ofrece pausa, distancia y forma. Y esa forma, encarnada en prácticas mínimas, sostiene la sensibilidad del gemido: evita que se haga espectáculo y lo devuelve a su condición de brújula. Resistir en México, hoy, es aprender a no ser masa, a no ser combustible del Gran Animal. Es permitir que la verdad circule por cauces pequeños y que el cuidado vuelva a fundar lo común. Es, en última instancia, lo que San Juan llamaría "entrar en la espesura": no huir del dolor del mundo, sino atravesarlo con una atención tan pura que se vuelve oración pública.
La noche oscura no se acorta con gritos; se atraviesa con atención. En esa travesía, el gemido deja de ser estertor para convertirse en respiración compartida: el ritmo de una nación que, renunciando a la idolatría, reabre la posibilidad de la libertad como gracia pública. Una transformación del ciudadano soberano en comunidad liberadora. Con este suelo, la conclusión —una ética de la fragilidad— puede elevar el tono sin perder la singularidad de cada dolor. El gemido no es estertor, es respiración compartida, brújula de una comunidad que se rehace desde la fragilidad. México no necesita una nueva ideología, necesita un desasimiento radical de la mentira para que el gemido de la creación, por fin, dé a luz a la justicia.